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Cuando en el año de 1542 el español Pedro de Cieza avistó por primera vez la isla de Malpelo, seguramente pensó que se trataba de un peñasco perdido en la mitad de la nada. Al saberla sin habitantes, debió deducir que no tenía oro, lo que siendo el cometido esencial de su viaje, le desanimó su espíritu de explorador y conquistador aurífero. Sólo cuando éstos requirieron de un refugio seguro mientras aniquilaban a los Incas, Pizarro la utilizó.
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